Cindy Sherman
Cindy Sherman fue una fotógrafa muy respetada en el siglo XX gracias a sus retratos y autorretratos que ella hacía con su cámara. Irónicamente, no se interesó en dicha área hasta que fue a la universidad y su padre era un ingeniero y su madre era profesora. Muchas de sus fotos tenían un toque estereotípico.
En los años setenta, hacía fotos los típicos roles femeninos en la sociedad machista en la que vivía: de prostituta, de ama de casa, de esposa...
En los años ochenta y principios de noventa, empieza a hacer fotógrafas grotescas, que a veces resultaban más absurdas que aterradoras. En ellas se puede ver mujeres mutiladas, criticando de esta manera, la violencia hacía la mujer.
Aunque también hacía fotos surrealistas con maquillajes exagerados, disfraces extravagantes; como si quisiera criticar la obsesión por la belleza.
Aunque también hacía fotos surrealistas con maquillajes exagerados, disfraces extravagantes; como si quisiera criticar la obsesión por la belleza.

Series de Cindy Sherman:

- Fotogramas de películas (1977-1980):


En esta serie, Cindy también retoma elementos del cine, principalmente de terror. En las fotografías de Disasters es posible apreciar la atención al detalle, para llevar al máximo su potencial emotivo, incluso en las tomas donde no hay personajes visibles.

- History Portraits (1988-1990):




- Untitled (1975-1976):
Con esta primera serie, Cindy, encontró un punto de partida en el mundo de la fotografía, comenzó por su interés en registrar su proceso de transformación en varios personajes.

Representa estereotipos de mujer en el cine europeo. Es uno de sus proyectos más exitosos. Tomo 70 autorretratos en blanco y negro, que referían a cintas de Hollywood, del film noir o cine de clase B.

- Fotografía de moda(1983- ):
La dueña de algunas de boutique le comisionó algunas fotos para la revista Interview Aquí, Cindy exploró las nociones de la belleza. Tuvo un buen resultado, de ahí surgieron otras colaboraciones, como el trabajo con la diseñadora Dorothée Bis para la edición francesa de Vogue en 1984 y un trabajo editorial para Harper’s.


- Fairytale (1985-1986):
La fotógrafa revisa la iconografía de algunos cuentos infantiles. Las fotos resultan desagradables, se observan referencias a distintos cuentos de hadas.

- Disasters (1986-1989):
En esta serie, Cindy también retoma elementos del cine, principalmente de terror. En las fotografías de Disasters es posible apreciar la atención al detalle, para llevar al máximo su potencial emotivo, incluso en las tomas donde no hay personajes visibles.

En sintonía con las discusiones feministas y posmodernas ocurridas a finales de la década de 1980 y principios de los años 90, Cindy Sherman trabajó en la serie History Portraits, en esta recrea algunas pinturas del barroco y del renacimiento.

- The Head Shots (2000-2002):
Con The Head Shots, Sherman volvió a aparecer como modelo, en esta ocasión con caracterizaciones de mujeres en vestidos elegantes o con un estilo urbano. Supone un corte en su carrera con lo que había echo anteriormente.ya que cada imagen contiene referencias a trabajos anteriores.

- Clowns (2003-2004):
Aquí retoma la estética de los payasos para indagar en la representación de las emociones y su recepción cultural, aunque, añadiéndole un carácter inquietante en algunas tomas.
Aquí retoma la estética de los payasos para indagar en la representación de las emociones y su recepción cultural, aunque, añadiéndole un carácter inquietante en algunas tomas.
- Society Portraits (2008):
En esta serie realiza retratos de mujeres interpretadas por ella misma, cuenta con el maquillaje exagerado y las poses recordando de los distintos entornos sociales.

- Fotografías para Instagram (2017- ):
Cindy Sherman ahora usa filtros digitales haciendo rostros imposibles, criticando así la facilidad que proporcionan algunas aplicaciones para ``cambiar y moldear´´ el cuerpo y la cara

Cindy Sherman ahora usa filtros digitales haciendo rostros imposibles, criticando así la facilidad que proporcionan algunas aplicaciones para ``cambiar y moldear´´ el cuerpo y la cara

Dorothy entró en el cuarto, llorando. Sentía rabia, pena e impotencia y asco. Mucho asco Tanto hacia el imbécil de su marido, hacia la cerda de su amante, pero sobre todo, hacia ella misma. ¿Por qué le había vuelto a creer? ¿Por qué había vuelto a pensar que él no lo volvería a hacer? Menuda estúpida que era. Sus padres ya le había advertido que él no era buen tipo, pero ella, cegada por el amor que le profesaba, los ignoró. Dios, que idiota había sido. Y seguía siendo.
Se dejó caer en su cama de matrimonio... ¿Cuántas noches había dormido sola, esperando a que él entrara a la habitación y se acostara a su lado; aún sabiendo que eso no pasaría? Prefería ni pensar en ello. Abrazó la almohada, mientras aún sollozaba. No tenía ni idea de cuanto tiempo estuvo ahí, tumbada, lamentándose de su suerte. Tendría que ir preparando la cena, para cuando él volviera de trabajo... O de engañarla con Anna. Al pensar eso, sintió tal rabia, tal furia que gritó y empezó a golpear con todas sus fuerzas a la almohada. ¡Ella le había dedicado toda su atención y lo único que recibía eran mentiras! ¡Ella le hacía la cena todas las cenas todas las noches y él lo único que le hacía era hacerla esperar cada maldita noche! Ella no le importaba en lo más mínimo.
De repente, todo volvió a ser silencio. El corazón le iba a mil por hora, aunque probablemente, eso se deba a la agitación que había sentido hace unos segundos. Finalmente había llegado a esa conclusión. A esa respuesta que supo desde el primer engaño, pero que siempre trató de ignorar y suplantar por otra mentira más agradable.
Cuando era niña, su madre siempre le decía que si no se iba a poner un vestido nunca más, por la razones que fueran, que no lo guardará en el armario para que cogiera polvo, simplemente debía tirarlo. Y sabía que su marido también iba a tirarla en cualquier momento. Y la cambiaría por Anna. Así que era mucho más preferible que ella se fuera ya de esa casa, a ser posible esa misma noche; antes que lo haga su marido y le hiciera sufrir las peores de las humillaciones. Y quien sabe si la abandonaría a su suerte.
Su marido no saldría del trabajo hasta las ocho, y quien sabia si iba a estar una hora más con su amante. Entonces tenía dos o tres horas para empaquetar todo e irse de allí. Por primera vez en su vida, deseó que su esposo estuviera todo el tiempo que quisiera con Anna.
También debía pensar adonde ir. Podía ir a casa de un primo que también vivía en esa misma ciudad... Mejor no, ese jovenzuelo era tan parlanchín que guardarle un secreto era casi como dejar la puerta de la casa abierta de par en par y confiar que nadie entrara a robar.
Podía volver a casa de sus padres y estar allí una temporada antes de irse a otro sitio. Vale, eso era una idea, pero ¿Cómo iría allí?
Entonces recordó a Patrick, el hombre que le contado que su marido la había vuelto a engañar con Anna. Él le había dicho que se iría al norte, ya que creía que allí podía haber muchas más oportunidades, sobre todo para alguien de color como él. Se iría en dentro de tres días... Bueno, tal vez podía pedirle que la dejará quedarse y luego, ambos se irían por su camino cuando llegaran al norte. Él se dedicaría a ser músico. Y ella, se iría a su pequeña granja en la que se crio. Aunque, también debía pensar en un plan B. Ella le gustaba claramente, pero él se tenía el suficiente amor propio como para dejarse manipular. Patrick no era como ella.
Dorothy se levantó de la cama, con el labio tembloroso. Sacó la maleta del desván y empezó a empaquetar las cosas. Se dirigió hacía el armario y sacó toda su ropa. No pensaba. Solo actuaba, como si fuera un robot de esos que estaban empezando a crear.
Se mordió el labio. Estaba doblando la ropa rápidamente, sin dejar de pensar su siguiente paso. No descartaba a Patrick, pero si lo escogía tenía que pensar la manera de pagarle el transporte y la estadía en su casa.
De repente, paró en seco.
En sus manos sujetaba una prenda casi olvidada: el vestido que su marido le regaló en su último cumpleaños. La joven lo contempló, recordando cada momento de aquel fantástico día: la pícara sonrisa de su esposo, su grito de jubilo, su fascinación... Ese día también fueron al zoo, vieron King Kong en el cine, hicieron el amor por la noche... Tenían una foto en el salón en el que salía ella con un enorme elefante... Las navidades fueron más de lo mismo, unas días que las pasaron completamente juntos, cenando en restaurantes, jugando a las cartas en los bares con los amigos de su marido.
Sintió cómo su labio temblaba. De repente, arrojó con brusquedad la prenda y lloró. Por el amor de Dios ¿Qué estaba haciendo? Tanto criticaba a su esposo por irse por allí con otra mujer y ella estaba planteando escaparse de casa con un negro. Tal vez la cerda e imbécil fuera ella. Y la hipócrita. Y la zorra.
El problema no era su marido... Era ella. Ella no estaba haciendo lo suficiente para que su marido la prefiriera. Siempre era él el que tomaba la iniciativa, el que le llevaba a sitios, el que planeaba qué hacer en los días festivos...Tal vez si se esforzará más, él vería que ella era una chica que valía la pena y entonces dejaría de una vez por todas a Anna. Y entonces volverían a estar juntos. Y volverían a ser felices.
Una risa se escapó de sus labios, no era una risa divertida. Era una risa de esas que se soltaban en momentos de tensión o tristes, para rebajar dichas sensaciones. Se había dicho tantas veces eso, que ya ni sabía por qué seguía creyéndoselo. Probablemente era para seguir sintiendo la obligación de estar con él y de no hacer una tontería como la que estaba haciendo ahora.
No tuvo ni idea cuanto tiempo estuvo mirando los regalos carentes de amor de su marido, tal vez fueron unos diez segundos muy largos o una media hora muy corta. Arrastrando los pies, con el rostro inexpresivo y con la mirada perdida, se sentó en el borde de la cama. Ay, Dios, debería seguir empaquetándolo todo, pero aún amaba a su marido y esos pequeños momentos de felicidad que le proporcionaba cuando pasaban tiempo juntos. Sin embargo, él probablemente, solo amaba de ella sus deliciosos platos. Ay, era peor que las drogas.
Dos horas más tardes, ella estaba en el salón, comiendo algo de sopa que había sobrado ese día. Miraba sonriente los cuadros en los que Dorothy y su marido inmortalizaban aquellos momentos tan bonitos... O por lo menos, para ella. Estaba escuchando como el hombre con la voz más bonita de todo el mundo le contaba cómo había ido el día.
- ...Y creo que lo más feliz de dejar el trabajo es poder volver a verte. Poder volver a tocar tu rubio cabello, tus carnosos labios, tus suaves manos...
- Oh, que cursi- comentó Dorothy atontada por las hermosas palabras que decía.
- Así que, por favor, perdóname, obré mal. Así que te vuelvo a pedir que me perdones por...
Y entonces, la protagonista de aquella película le calló con un apasionado beso. Dorothy volvió a tomar una cucharada de sopa, mientras seguía escuchando como los dos personajes de la tele se decían lo mucho que se amaban bajo la lluvia.
Tras apagar el aparato, se quedó mirando la pantalla en negro, contemplando su soledad. Su marido iba a estar otra noche con Anna, olvidándose que estaba casado.
Oyó que alguien llamaba a la puerta. Se levantó sin ganas, dejando el cuenco en la mesita. No tenía ni idea que aspecto tenía, probablemente el de una mujer muerta por dentro que había estado llorando desconsoladamente. Deseaba que fuera su marido y que él excusará su tardía por el trafico, pero no, eso era una bonita imaginación suya. Resultó ser un negro delgado, con pómulos muy marcados y una nariz más afilada que la hoja de un cuchillo, que le sostenían una pequeñas gafas redonditas.
- Hola, Patrick- le saludó vagamente.
- Buenas noches- contestó, con una sonrisa bastante tímida y... bastante rara. Estaba muy tenso- Vengo a despedirme- comentó, mientras le entregaba una caja de bombones- Y pensé que como hoy tu marido no iba a estar en casa para alegrarte la existencia, quizás estas chocolatinas sí lo harían.
Dorothy sonrió agradecida, mientras cogía el paquete. Lo abrió y se metió uno en la boca. Le ofreció al hombre, pero él se negó, alegando que el regalo era para ella. La mujer también le ofreció pasar, cosa que aceptó, debido al frío que hacía fuera. Ambos se sentaron en el salón.
- ¿Puedo hacerte una pregunta? Bueno, dos- preguntó la muchacha, mientras se metía otro bombón a la boca. El hombre aceptó- ¿No te ibas a ir en tres días?
- Sí, pero digamos que ha habido un problema: el jefe de la orquesta me ha cambiado la fecha de la entrevista y tengo que partir antes de lo previsto. Pero tampoco es una cosa que me moleste... Así dejo antes esta asquerosa ciudad.
- Y ¿Cómo sabías que mi marido no iba a estar noche?
Patrick se relamió los labios, la miró incómodo. Dorothy empezó a suponer lo peor. Tuvo que repetirle la pregunta, con voz temblorosa. Ambos cogieron un bombón, pero los dos por distintos motivos: la mujer lo hacía para calmar los nervios y el hombre lo hacía para atrasar el momento en el que el tuviera que darle la respuesta.
- Oí a Anna y a tu marido discutir en el callejón en el que se encuentra mi casa. Ambos se estaban gritando y por lo que oí, los padres de la muchacha se habían enterado que ella estaba embarazada y la habían echado de casa- Dorothy empezó a notar que el labio de Patrick estaba temblando- ella le estaba pidiendo, no sé si dinero o no sé qué leches, pero al parecer hombre no podía hacer nada... O no quiso, no sé. Gritaban demasiado fuerte y apenas entendía lo que decían- tomó una bocanada de aire, una lágrima escapó de sus ojos- Ella tenía escondida una pistola y... y le amenazó con que la ayudará... Pero no sé porque, pero ese idiota tenía el orgullo más grande que sus huevos y... y ella...
No pudo terminar la frase, empezó a llorar desesperadamente. Dorothy lo miró consternada. Le abrazó en un intento de consolarle, pero no estaba segura de si eso serviría.
- Tengo que irme de aquí ya. Esa perra acaba de joderme a mí y a todos los de mi barrio. Yo solo vine a visitarte, porque esta era la última vez que no íbamos a ver y yo quería verte y...
- Iré contigo- dijo, al fin, Dorothy. Patrick la miró como si hubiera dicho que ella también era cómplice del asesinato.
- ¿Qué?
- Claro, si es que no te importa. Tal vez necesites una persona blanca, que te ayude y...
- ¡Pero eres mujer!
- Sí, pero blanca y sin hijos. Eso me da más derechos que los que tú tienes.
Patrick abrió la boca para decir algo, pero se lo tragó. Dorothy tenía toda la razón del mundo, además él no estaba en condiciones para rechazarla. Accedió al final, con una sonrisa agradecida. La abrazó con todas sus fuerzas.
- ¿Te ayudo a hacer la maleta? - preguntó tras soltarla
- Oh no, no, no, Esta casi hecha.- al ver la confusión en la cara del negro, la mujer añadió- Es una larga historia. ¿Te la cuento durante el viaje?
Comentarios
Publicar un comentario